BSO- JULES Y JIM- Georges Delerue.


10 sobre 10


JULES ET JIM (1961).
GEORGES DELERUE.

LA SECUENCIA EN LA QUE, intensamente contagiados por Catherine, Jules et Jim siguen la carrera de aquélla recorriendo cotidiana y cómicamente la longitud interminable de un puente es uno de los instantes más intensos en la partitura del compositor romántico para la película de Francois Truffaut. Pese a lo dicho, en ella no existe música alguna. Pocos compositores consiguen, a través del silencio, presentar sus credenciales de una manera tan dramática y plausible como Delerue. En una escena en la que la imagen y las habilidades de cámara son la principal baza y, por tanto, fácil para demostrar la calidad musical del artista, Delerue opta por callar y potenciar los instantes anteriores y posteriores en un alarde casi hasta obsceno de demostrar sin tapujos que su dominio de escena acude como un ciclón cualquiera que sea el momento, incluso tratándose de diálogos en los que estos mismos tapan en un porcentaje alto sus notas. Maravilloso. Como lo es igualmente el instante en el que la composición presenta su parte pausada, un tema principal hermosísimo como la mujer, vistiéndola literalmente entre sedas y música dejando de lado, drásticamente, los deseos y sentimientos que Jules, acompañando el momento, pudiera tener respecto a ella. La música, abusivamente, empuja al personaje masculino, lo transforma en muñeco pasivo y ridículo y agranda su figura delineando los contornos curvos del cuello de la mujer, de sus ropas y de sus labios. Sorprendente y una manera directa de inyectarnos la figura femenina como elemento que irá adquiriendo una fuerza reinante en la concepción filosófica del sentido de la obra.



La capacidad de variación en ‘’Jules et Jim’’ (segunda colaboración, tras ‘’Tirad sobre el pianista’’, entre director y compositor) es sobresaliente. El tema principal, que aguanta todo tipo de innovaciones durante el filme, llega a un nivel de expresividad máximo cuando cambia su forma, su tono y su cuerpo durante la conversación en la cena de Jim, Jules y Catherine en la casa donde éstos últimos viven, ya casados: Delerue gira hacia un matiz dramático, sencillamente ahogante (tras los sucesos de la guerra) y deja atrás el ambiente melódico hermoso y puro que hasta ahora se ha mantenido. La vida de los protagonistas cambia, como lo hace su disposición entre ellos, ligeramente más tibia y desconfiada. El detalle resulta admirable al tiempo que, sin duda, apenas perceptible en pantalla.

Inmediatamente tras lo explicado, el compositor vuelve a mostrar su crudeza romántica. Encontramos en ‘’Jules et Jim’’ momentos muy puntuales en los que Delerue ‘’azota’’ violentamente la, en principio, previsible tranquilidad de la obra: Jules y su hija juguetean en un patio exterior de la casa. La orquesta inicia su cometido y, previo a las notas del tema principal, ejecuta unos segundos de un nuevo regreso al romanticismo melódico absoluto que, tras el giro anterior, nos devuelve a la idealización de lo mundano de una forma tan tierna y, al tiempo, contundente, que sin desviarnos del argumento podríamos pensar en futuras tragedias de los protagonistas, vaivenes de sus vidas o, incluso, de las nuestras de una manera tierna, tal como el músico muestra y ordena. Maravilloso. Precisamente, dándonos cuenta de nuestra explicación segundos después cuando Jules se sincera con Jim sobre su podrido matrimonio, comprendemos la función tan importante de la música en el cine. Delerue nos ha anunciado la desgracia instantes antes simplemente con un pequeño giro, inapreciables modulaciones y un regreso intenso: encomiable. Lo negativo de las vidas de los protagonistas no se vislumbra de cerca, directamente mediante los pequeños fragmentos más inquietantes, sino a través de una hermosura melódica ciertamente estudiada.
Jim y Catherine pasean y se narran sus historias durante el tiempo que no se han visto. Delerue se escucha de fondo, reinando sobre un caos de vivencias que los protagonistas se encargan de colocar muy lejos de lo que realmente es el Amor; no obstante, la música lo es. La impresión de esta escena es arrolladora, de una fuerza delicada que ningún otro momento del filme alcanza y que el músico se encarga de encumbrar maravillosamente en el sector envidiable de los  mejores instantes para cine de toda la historia. El contraste de la secuencia es el extremismo de toda la película, unas vidas dinámicas y turbadoras lejos del sentimiento puro que explica, por su lado, la composición. Curioso, extraño y, al tiempo, admirable fusión de dos conceptos que, en vida, realmente son uno solo: las ilusiones y los sueños que tan lejos quedan de la realidad y la vida.



Nos encontramos ante una obra maestra de la historia de la música de cine. Enmarcada inteligentemente por un inicio y un final de temas costumbristas (como resulta la vida dinámica de los protagonistas), desarrolla a su vez el intenso sentido metafísico que el devenir vital ofrece a la mente humana por medio de una melódica versión romántica insuperable. Imprescindible.

Puntuación: 10

ANTONIO MIRANDA. Septiembre 2017.